No hay medallas para la desidia

El medallero no miente. Tras la última edición de los Juegos Olímpicos, Tokio “2020”, Chile mantuvo su singular récord como el país con más participaciones en las Olimpíadas sin obtener una medalla (24 participaciones). ¿Cómo explicamos esto? ¿En qué medida salir del podio de los más perdedores sería una buena noticia para nuestro país?

La geopolítica juega un rol importante en el número de medallas a la que puede aspirar un país. Los recursos disponibles y la cantidad de población son relevantes. Sin embargo, países pequeños pero organizados y con una orientación hacia el deporte pueden tener resultados destacados. Y, al menos, deberíamos tener resultados similares a países relativamente pequeños comparables con el nuestro.

Como señaló recientemente el economista Oscar Landerretche, la clave es lograr que el deporte sea una actividad masiva, que sean millones los niños y jóvenes practicándolo. El académico señala que los países con buenos resultados deportivos miran esta actividad desde la óptica de las estrategias de desarrollo, con políticas de masificación del deporte, infraestructura adecuada en las ciudades, tiempo suficiente dedicado al deporte en las escuelas. Todo lo anterior entendiendo que se trata de un gran sector económico, con beneficios en las aristas de educación, trabajo, salud, turismo, etc. Con tantos jóvenes practicando, se podrá “descremarlos”, seleccionando a los mejores talentos e insertándolos en programas de especialización (los que por lo demás deben estar bien hechos y suficientemente financiados).

Tenemos resultados inferiores a los países con los que podemos compararnos. Y nos preocupa no porque no logremos las medallas que deberíamos obtener según nuestra población y el tamaño de nuestra economía. Nos preocupa porque no estamos recorriendo el camino para llegar a esos resultados. No es el resultado final. Son los millones de niños que deberían ser físicamente activos y participar regularmente en deportes los que nos preocupan. Los beneficios del deporte son claros, en su aporte a la economía y la salud física y mental, la formación y la disciplina, y las sociedades deberían gozar de estos beneficios de manera universal.

Esta forma de plantear el problema de los resultados finales es también aplicable a otros aspectos del desarrollo de los talentos humanos, como la música, las ciencias y las matemáticas. Debe dársele la oportunidad de desarrollar estos talentos y actividades a los millones de niños que habitan Chile. Primero, por supuesto, hay que insertar a los niños y niñas en el sistema escolar (lo que muchos países no pueden dar por hecho), punto en el que Chile ha avanzado notablemente. Pero desde allí debemos pensar en mejorar la calidad de la formación, generar políticas de formación musical y deportiva de calidad desde el jardín infantil. Incentivar el aprendizaje de matemáticas tanto en niños como en niñas, y promover su participación en concursos y olimpíadas. Y esto debe ser para todos. Si bien, como en el deporte, se podrá “descremar” en algunas disciplinas que por sus características particulares así lo exigen para formar individuos con alto rendimiento, primero debe haber una base amplia y óptima desde la cual “descremar”. Y los talentos están igualmente repartidos entre clases sociales, geografías y etnias, por lo que no asegurar una formación óptima para todos sería desperdiciar talentos para el país y, más importante, sería defraudar a los pequeños chilenos que merecen lo mejor que podamos darles.

Finalmente, ¿dónde reside la desidia? En que no hemos sido capaces de establecer las estrategias de desarrollo adecuadas para el estadio actual de Chile. La inacción no rinde.

Ignacio Gallegos.